En un país donde la convivencia se ve amenazada cotidianamente por actos de violencia, la posibilidad de flexibilizar el porte de armas debería invitar no solo al debate jurídico, sino, sobre todo, a una profunda reflexión social.
El reciente caso ocurrido en la localidad de Suba, donde una mujer disparó al aire desde el balcón de un apartamento en el sector de Mazurén, pone sobre la mesa preguntas incómodas pero necesarias.
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La Policía de Bogotá ha iniciado una acción legal contra la implicada, gracias a la oportuna denuncia de los vecinos y al material de video que se ha convertido en evidencia clave para la investigación. Según informaron las autoridades, los uniformados del CAI Mazurén respondieron en tres ocasiones al llamado de la comunidad, acudiendo al lugar para verificar la situación. Afortunadamente, no hubo víctimas, pero el peligro fue real y latente.
Este tipo de hechos, que cada vez se hacen más comunes en distintos puntos del país, no puede tomarse a la ligera. Aunque no se registraron heridos, disparar un arma al aire en una zona residencial representa un acto temerario que podría haber terminado en tragedia.
Más allá del hecho puntual, lo preocupante es el contexto social en el que ocurre. Colombia es un país donde muchas disputas aún se resuelven con violencia, donde el estrés urbano, la intolerancia y la impulsividad se combinan peligrosamente con el acceso a las armas. En este escenario, ¿es conveniente siquiera pensar en flexibilizar el porte legal de armas?
Los defensores del porte aseguran que es una forma legítima de defensa personal. Sin embargo, el riesgo de que un arma caiga en manos equivocadas o sea usada en un momento de ira es altísimo. No se trata solo de garantizar el derecho a la defensa, sino de prevenir que una sociedad con altos niveles de agresividad termine resolviendo sus conflictos a tiros.
La acción de las autoridades en Mazurén debe verse como un llamado a la responsabilidad. La denuncia oportuna a través de la Línea 123, como ocurrió en este caso, fue clave para activar el proceso legal. Pero no basta con actuar después del hecho. Hay que prevenir.
En lugar de abrir el debate al porte de armas, quizás sea más urgente abrir espacios para la educación en convivencia, el control efectivo de armas ilegales y la atención en salud mental. Mientras no logremos construir una sociedad más tranquila, tolerante y dialogante, permitir más armas en las calles puede ser una fórmula para el desastre.
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