Por años, la carrera Séptima ha sido más que una vía: es un símbolo urbano, un corredor histórico, un espacio de vida. Hoy, vuelve a convertirse en campo de disputa, no solo por la movilidad, sino por el modelo de ciudad que Bogotá insiste en reproducir.
El inicio de las obras del llamado “Corredor Verde” —que en la práctica implica la expansión del sistema TransMilenio— no ocurre en el vacío. Se da en una ciudad exhausta, fragmentada por múltiples frentes de obra simultáneos, donde la movilidad no es una promesa sino una crisis cotidiana. La decisión de intervenir la Séptima revive una vieja contradicción: ¿cómo justificar nuevos cierres y excavaciones cuando proyectos como la troncal de la Avenida 68 acumulan años de retraso y aún no logran entregar plenamente su infraestructura?
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Desde una perspectiva sociológica, lo que está en juego no es únicamente un sistema de transporte, sino la forma en que el poder urbano se ejerce sobre el territorio. La insistencia en TransMilenio como columna vertebral de la movilidad revela una inercia institucional que privilegia soluciones de corto plazo, intensivas en concreto, por encima de alternativas estructurales y sostenibles.
Resulta, además, profundamente problemático el viraje discursivo del propio alcalde Carlos Fernando Galán. En 2011 cuestionaba la lógica de intervenir la Séptima sin haber resuelto otros frentes; en 2019 advertía que Bogotá no podía seguir “obsesionada” con TransMilenio. Hoy, sin embargo, lidera el inicio de un proyecto que reproduce exactamente aquello que antes criticaba. No es solo una contradicción política: es una muestra de cómo el pragmatismo administrativo termina subordinando la coherencia y el debate público.
El argumento oficial plantea beneficios en tiempos de viaje y cobertura, señalando reducciones significativas en los desplazamientos y la implementación de flotas eléctricas . Pero esta narrativa tecnocrática omite dimensiones clave: el impacto ambiental inmediato, la transformación del paisaje urbano y la experiencia cotidiana de quienes habitan estos territorios.
La tala de más de mil árboles —en una ciudad que ya ha sacrificado decenas de miles en proyectos similares— no puede reducirse a un “tratamiento silvicultural”. Es la eliminación de infraestructura ecológica vital: sombra, regulación térmica, captura de contaminantes. En una urbe donde la calidad del aire es un problema estructural, estas decisiones no son neutras: son, en términos claros, regresivas.
A esto se suma la eliminación o reducción de espacios para la movilidad alternativa. La posible desaparición de tramos de ciclorruta en la Séptima contradice el discurso de “corredor verde” y evidencia una jerarquización clara: el flujo vehicular —aunque sea en buses— sigue estando por encima del peatón y del ciclista.
Pero quizás el aspecto más inquietante es el modelo económico que subyace al sistema. TransMilenio opera bajo una lógica en la que los operadores privados aseguran rentabilidad, mientras el distrito asume déficits estructurales y el ciudadano paga múltiples veces: en tarifa, en tiempo perdido y en deterioro de su entorno. El reciente debate sobre el aumento tarifario y el déficit del sistema confirma esta tensión .
En este contexto, la pregunta no es si Bogotá necesita mejorar su movilidad —eso es indiscutible—, sino si este es el camino adecuado. La evidencia reciente no es alentadora: obras retrasadas, sobrecostos, afectaciones prolongadas y una ciudadanía cada vez más escéptica frente a las promesas institucionales.
La Séptima corre el riesgo de convertirse en un nuevo episodio de lo que podríamos llamar una “metástasis de cemento”: intervenciones que, bajo el discurso del progreso, fragmentan el tejido urbano, degradan el entorno ambiental y profundizan desigualdades en el acceso a la ciudad.
Más que un debate técnico, lo que Bogotá necesita es una discusión política de fondo: ¿para quién se construye la ciudad? ¿Para garantizar la rentabilidad de unos pocos o para dignificar la vida cotidiana de millones?
Porque al final, la movilidad no es solo moverse más rápido. Es, sobre todo, la posibilidad de habitar la ciudad con dignidad.
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