El eco de una verdad urgente: “Pensamos demasiado y sentimos demasiado poco”. Con esta frase, Charles Chaplin sintetizó, en plena Segunda Guerra Mundial, una de las críticas más potentes a la deshumanización del siglo XX. Pero lo extraordinario no fue solo su denuncia, sino la esperanza lúcida que sembró en medio del horror.
En 1940, cuando el mundo se asomaba al abismo de la guerra y el fascismo devastaba Europa, un comediante inglés disfrazado de dictador se atrevió a hablarle a la humanidad con una ternura feroz. Desde la ficción de El gran dictador, Chaplin no solo ridiculizó a Hitler: ofreció un manifiesto humanista que, ochenta años después, sigue interpelando nuestras estructuras sociales, políticas y éticas.
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En su discurso final —que ha trascendido el cine para convertirse en pieza de análisis académico, cultural y social— Chaplin no interpreta un personaje: habla como hombre, como ciudadano del mundo, como testigo del sufrimiento humano. Con voz firme y temblorosa, nos recuerda que la libertad no está en los líderes, sino en los pueblos; que el poder no debe esclavizar, sino liberar; que la tecnología sin empatía es una máquina de opresión.
“El odio de los hombres pasará, y los dictadores morirán”, dice, como profecía y advertencia. En su llamado a los soldados a no ser “hombres-máquina”, anticipa el drama contemporáneo de sociedades hipercontroladas por algoritmos, narrativas de odio y sistemas desiguales que aún hoy siguen moldeando a las personas como engranajes.
Este discurso no es solo una reliquia de la historia del cine: es un testimonio vivo del coraje moral, un grito que atraviesa generaciones para recordarnos que el progreso sin humanidad no es avance, sino ruina.
El discurso de Charles Chaplin en El gran dictador (1940):
“Lo siento, pero no quiero ser emperador. Ese no es mi propósito. No quiero gobernar ni conquistar a nadie. Me gustaría ayudar a todos si es posible: judíos, gentiles, negros, blancos.
Todos queremos ayudarnos mutuamente. Los seres humanos somos así. Queremos vivir de la felicidad del otro, no de la miseria del otro. No queremos odiarnos y despreciarnos unos a otros.
En este mundo hay lugar para todos, y la bondadosa tierra es rica y puede proveer para todos. El camino de la vida puede ser libre y hermoso, pero hemos perdido el camino.
La codicia ha envenenado las almas de los hombres, ha construido una barricada de odio en el mundo, nos ha llevado a la miseria y al derramamiento de sangre a paso de ganso.
Hemos desarrollado la velocidad, pero nos hemos encerrado. La maquinaria que da abundancia nos ha dejado en la miseria. Nuestro conocimiento nos ha vuelto cínicos; nuestra inteligencia, duros y despiadados.
Pensamos demasiado y sentimos demasiado poco. Más que maquinaria, necesitamos humanidad. Más que inteligencia, necesitamos amabilidad y gentileza. Sin estas cualidades, la vida será violenta y todo estará perdido.
El avión y la radio nos han acercado más. La naturaleza misma de estas invenciones clama por la bondad de los hombres, clama por la fraternidad universal, por la unidad de todos nosotros. Incluso ahora, mi voz está llegando a millones en todo el mundo, millones de hombres, mujeres y niños desesperados, víctimas de un sistema que hace que los hombres torturen y encarcelen a personas inocentes.
A los que puedan oírme, les digo, no desesperen. La miseria que ahora está sobre nosotros no es más que el paso de la codicia, de la amargura de los hombres que temen el camino del progreso humano.
El odio de los hombres pasará, y los dictadores morirán, y el poder que le quitaron al pueblo volverá al pueblo. Y mientras los hombres mueran, la libertad nunca perecerá.
¡Soldados: no se entreguen a las bestias, hombres que los desprecian, los esclavizan, que reglamentan sus vidas, les dicen qué hacer, qué pensar y qué sentir! Quienes los adoctrinan, los hambrean, los tratan como ganado, los usan como carne de cañón.
No se entreguen a esos hombres antinaturales: ¡hombres-máquina con mente y corazón de máquina! ¡Ustedes no son máquinas, no son ganado, son hombres! Ustedes tienen el amor de la humanidad en sus corazones. Ustedes no odian. Sólo los no amados odian; los no amados y los antinaturales.
¡Soldados: no luchen por la esclavitud, luchen por la libertad! En el capítulo diecisiete de San Lucas, está escrito que el reino de Dios está dentro del hombre, no en un hombre ni en un grupo de hombres, sino en todos los hombres ¡En ustedes! Ustedes, el pueblo, tienen el poder de crear máquinas, el poder de crear felicidad. Ustedes, el pueblo, tienen el poder de hacer esta vida libre y hermosa, de hacer de esta vida una aventura maravillosa.”
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