Inseguridad desbordada pone contra las cuerdas al secretario de Seguridad de Bogotá
La concejal Quena Ribadeneira lidera la ofensiva, respaldada por varios cabildantes que radicaron una carta abierta dirigida al alcalde Carlos Fernando Galán, con una exigencia directa, la salida del actual secretario distrital de Seguridad, César Restrepo.
Ribadeneira no matiza su postura. Desde el Concejo ha insistido en que Bogotá atraviesa uno de sus peores momentos en materia de seguridad. Según sus declaraciones, el primer trimestre de 2026 cerró con 30.862 hurtos, lo que equivale a cerca de 14 robos por hora. A esto suma cifras alarmantes en el sistema de transporte: más de 3.300 hurtos en TransMilenio y una percepción de inseguridad que según afirma alcanza a 7 de cada 10 usuarios.
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La concejal también pone el foco en la violencia de género, señalando un promedio de 17 delitos sexuales diarios contra mujeres, y cuestiona el gasto público en programas como “Gestores del Orden”, que, asegura, ha implicado inversiones cercanas a 90.000 millones de pesos sin resultados visibles.
Pero el punto más crítico de la carta radicada al alcalde es el incumplimiento de metas estructurales. El compromiso de reducir la tasa de homicidios a un solo dígito quedó lejos de cumplirse: 2025 cerró con 14,8 homicidios por cada 100.000 habitantes, casi el doble del objetivo trazado. La cabildante advierte además una consolidación del sicariato, con más del 60% de los asesinatos cometidos con armas de fuego.
Entre cifras oficiales y percepción ciudadana
El debate no es nuevo, pero sí cada vez más polarizado. Mientras sectores de la administración defienden avances, especialmente en reducción de algunos delitos y victimización, la percepción ciudadana parece ir en otra dirección.
La Encuesta de Percepción Ciudadana de “Bogotá Cómo Vamos” reveló que alrededor del 62% de los bogotanos se sienten inseguros, el nivel más alto desde 2008 . Este dato coincide con el argumento político de la oposición: más allá de las estadísticas oficiales, el miedo cotidiano se ha instalado como una constante en la vida urbana.
Incluso análisis recientes señalan una paradoja: mientras algunos indicadores de victimización han bajado, la percepción de inseguridad sigue siendo alta y persistente . En otras palabras, menos delitos reportados no necesariamente se traducen en mayor tranquilidad.
Desde la otra orilla, informes institucionales destacan mejoras. La Cámara de Comercio de Bogotá y la propia administración han señalado reducciones en la victimización y un aumento en la percepción de seguridad en barrios, donde el porcentaje de ciudadanos que se sienten seguros subió a 43,6% . Sin embargo, estos avances parecen no compensar la sensación general de riesgo en la ciudad.
Termómetro digital
Más allá de los informes técnicos, el termómetro social también se mide en espacios digitales. En foros ciudadanos y redes sociales, el sentimiento dominante es de desgaste, miedo e impotencia.
En discusiones abiertas, usuarios describen rutinas marcadas por la precaución extrema: evitar sacar el celular, cambiar rutas, o depender de transporte privado por temor a robos. Otros hablan de una “normalización del miedo” y de una ciudad donde “la vida no vale nada”. Las experiencias compartidas reflejan no solo hechos delictivos, sino una percepción de abandono institucional y falta de control.
Incluso casos recientes, como el robo denunciado por un periodista en Bogotá —a quien a su hijo le despojaron las llantas del carro en minutos— alimentan la narrativa de impunidad y refuerzan la sensación de desprotección.
¿Bogotá camina segura?
La exigencia de renuncia contra César Restrepo no ocurre en el vacío. Se inscribe en un contexto donde la seguridad se ha convertido en el principal factor de desgaste político para la administración Galán.
La discusión de fondo no es solo si los delitos suben o bajan, sino si la ciudadanía confía en la capacidad de la administración distrital para controlarlos. Y ahí es donde la crítica de Ribadeneira cobra fuerza: acusa a la administración de “maquillar cifras” mientras la experiencia cotidiana contradice los reportes oficiales.
Lo cierto es que Bogotá enfrenta un escenario complejo: mejoras parciales en indicadores técnicos conviven con una percepción ciudadana profundamente deteriorada. Esa brecha —entre lo que dicen los datos y lo que sienten los ciudadanos— es hoy el principal campo de batalla político.
La solicitud de renuncia del secretario de Seguridad es, en esencia, un mensaje político: la seguridad ya no es solo un problema de gestión, sino un factor decisivo de gobernabilidad.
Por ahora, ni el alcalde Galán ni César Restrepo han dado señales de ceder ante la presión. Pero el pulso está planteado, y con una ciudadanía que, según las encuestas, se siente cada vez más insegura, el margen de maniobra se reduce.
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