El rugido del desprecio: Fernando Vallejo arremete contra Abelardo De La Espriella
Fiel a su estilo incendiario, el escritor y polemista colombiano Fernando Vallejo volvió a irrumpir en el debate público con una diatriba feroz contra el abogado y aspirante presidencial Abelardo De La Espriella. En medio de una campaña marcada por la estridencia mediática y la polarización, Vallejo cuestionó no solo las formas del candidato, sino también el fenómeno político que, según él, privilegia el espectáculo sobre las ideas.
Hay voces que en Colombia no necesitan moderación para hacerse escuchar. La de Fernando Vallejo es una de ellas. Desde hace décadas, el autor antioqueño convirtió la irreverencia en un género propio y el insulto en herramienta de demolición política y moral. Esta vez, el blanco de sus críticas fue Abelardo De La Espriella, personaje que ha intentado abrirse paso en la arena presidencial apelando a una narrativa de fuerza, autoridad y confrontación.
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La descarga verbal de Vallejo no sorprendió por su dureza —esa ha sido siempre su marca—, sino por el momento político en que ocurre. Colombia atraviesa una campaña donde los candidatos parecen competir menos por propuestas que por presencia escénica. Y justamente ahí apunta el escritor: al predominio de la imagen sobre el contenido.
Cuando Vallejo describe a De La Espriella como un hombre “con cara de mafioso” y cuestiona qué ha hecho realmente por el país, no está simplemente atacando a un individuo. Está retratando una forma de hacer política basada en el espectáculo, la exageración y el marketing personal. La referencia al apodo de “el tigre”, las tarimas, las luces y el humo no es casual: busca presentar al candidato como una figura más cercana al entretenimiento que a la conducción del Estado.
Pero detrás del exceso retórico hay una inquietud que no puede descartarse con facilidad. Vallejo toca un nervio sensible de la democracia colombiana: la transformación de la política en performance. En tiempos donde las redes sociales premian el escándalo y la agresividad, muchos aspirantes entienden que el impacto emocional produce más réditos que un programa serio de gobierno. El resultado es una discusión pública cada vez más superficial y visceral.
También hay un componente elitista y provocador en las palabras del escritor. Su ataque a la forma de hablar del candidato refleja una vieja tensión colombiana entre el refinamiento intelectual y la política populista. Vallejo parece sugerir que quien no domina el lenguaje tampoco está preparado para gobernar. Es una afirmación discutible, pero profundamente simbólica en un país donde la oratoria ha sido históricamente asociada al poder.
Sin embargo, la verdadera pregunta no es si Vallejo exagera —porque exagera casi siempre—, sino por qué sus palabras siguen encontrando eco. Tal vez porque, aun envueltas en insultos y desmesura, conectan con un desencanto creciente frente a una dirigencia política convertida en espectáculo permanente.
La política colombiana vive hoy atrapada entre candidatos que buscan parecer celebridades y ciudadanos que terminan votando emociones antes que proyectos. Y en medio de ese ruido, Fernando Vallejo vuelve a ocupar el papel que mejor conoce: el del francotirador intelectual que dispara contra todo aquello que considera impostura.
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