“Quebrada Blanca, un poema y una realidad que no pierden vigencia”

Escrito por: Armando Navarro.

Han pasado 44 años de la tragedia de Quebrada Blanca, cuando “aquel fatídico día en que montaña y quebrada” generaron una de las catástrofes más grandes ocurridas en carreteras colombianas, en la que murieron 500 personas aproximadamente. Este episodio doloroso seguirá recordándose mientras la vía Bogotá Villavicencio siga generando conmoción, trancones y muerte entre trabajadores, residentes y visitantes.

El viernes 28 de junio de 1974 se mezclaron emociones de rabia, dolor y desespero en el joven sanmartinero Manuel Orozco, que en ese entonces tenía 25 años de edad. El compositor estuvo a pocos metros del epicentro de los acontecimientos, donde se vio envuelto de repente en una nube oscura de terror y muerte, ante un fenómeno que pudo haberse evitado si hubiera existido voluntad política del gobierno central. Los continuos derrumbes en el sector ya habían tumbado dos puentes, uno en 1968 y otro 1973. “Era una catástrofe anunciada, ya los ingenieros y las noticias publicaban un inminente derrumbe”, enfatizó enérgico Manuel Orozco, compositor del poema Quebrada Blanca, que cumple 44 años de vigencia.

Manuel Orozco salió de Bogotá cerca de las 12 del día. Iba cabizbajo, triste, porque las casas disqueras no le “pararon bolas”; las puertas y las consolas se cerraban una vez más negándose a grabarle los doce temas de su cosecha. La tarde era lluviosa, llevaba así casi dos días y no paraba de “diluviar”. “Estábamos en vísperas de San Pedro y quería pasar las fiestas en la casa materna en San Martín, como lo acostumbramos a hacer; los tungos, la ternera, el joropo, los amigos y la familia siguen siendo las motivaciones para llegar pronto a estos parrandos”, recuerda Manuel.

Después de una hora de haber salido de la terminal de transportes, los pasajeros vieron que se aproximaban a Monterredondo, inspección de Guayabetal; allí sintieron que el tiempo se alargaba infinitamente por los trancones, que no se hacen esperar como es costumbre en este sector. El tiempo transcurría implacable y lentamente en esa atmósfera de incertidumbre; eran las 3:30 de la tarde y el atasco de carros, monumental. El desespero y las ganas de “noveliar” los motivó a bajarse del bus para conocer las razones de lo que estaba sucediendo. Quedaron a solo 100 metros del centro de la tragedia que ya se veía venir, lo que los impresionó y los obligó a devolverse de inmediato.

Rayando las 4:00 de la tarde sintieron un fuerte estruendo: era la tierra que crujía desde sus entrañas en forma ensordecedora, que se confundía con los gritos de niños, mujeres y adultos que corrían por el desespero y el terror. La confusión, el nerviosismo era total y contagioso, la furia de la naturaleza había hecho que todo se convirtiera en un manto de polvo que envolvió la zona como si fuera de noche. Nunca se explicaron cómo el conductor del bus había maniobrado para salir de semejante caos.

Pasados unos minutos, de regreso a Bogotá y de haber sentido la muerte tan cerca, se acumularon en el ánimo y la mente del compositor una serie de sentimientos de nostalgia y dolor que lo llevaron a escribir en papelitos de las cajetillas de cigarrillo que la gente le regalaba, pues no tenía cuaderno en qué anotar lo ocurrido “aquel fatídico día en que montaña y quebrada en un formidable dúo movido por fuerza extraña, pusieron un grado más de dolor y de desgracia, marginamiento y olvido a mi linda tierra llana”. Estos fueron apartes de lo que Manuel iba desentrañando a pesar de la bulla y la habladuría enmarañada por los nervios y la desesperanza.

Lo que escribió ese día de regreso, en su mayor parte quedó intacto en el poema finalmente grabado. Lo que él no sabía en ese momento era si iba a ser una canción o un poema para declamar, pues su interés fue dejar el registro de lo “adverso a la tierra de las garzas, que hoy recibe como pago indiferencia y nostalgia”.

Cuando llegó a Bogotá, se dio a la tarea de unir los trozos de papeles arrugados para darle sentido a lo que hoy conocemos como “Quebrada Blanca, Poema llanero” y que no pierde vigencia, ya que seguimos “atados de cuatro patas porque el único culpable es el centro de mi patria, que solo ha sido promesas y siempre la misma vaina”.

Eran aproximadamente las 8:00 de la noche cuando se bajó del bus en el barrio Santa Rosita, por el lado de Quirigua. Antes de ingresar al cuarto que amablemente le había facilitado la familia Blanco, acacireños y músicos, compró un cuaderno rayado marca “Cardenal”, que se convirtió en su confidente y receptor de todos los párrafos desordenados que guardaba en el bolsillo de la camisa.

“Nunca pensé en el éxito de lo que estaba creando, lo escribí por sentimientos de inconformismo, rabia, solidaridad, denuncia y protesta sintiendo la tragedia de ellos como si me hubiera pasado a mí, porque también era dolor y grito de la tierra que significó mucho traumatismo para la sociedad y la naturaleza. Inicialmente lo hice para sí mismo y para los amigos más cercanos, nunca dimensioné el impacto que iba a tener en la gente y en el contexto social y político, sólo era catarsis de dolor y desgracia, “porque en el sitio iracundo llamado Quebrada Blanca se marcharon para siempre en el bongo de la parca muchas vidas inocentes buenas y tal vez malas”. Solo me interesaba dejar dibujado mi sentir ciudadano”.

Pasaron los días y el acontecimiento era noticia mundial, nunca había ocurrido una tragedia de esa magnitud ni en el Meta ni en el país. Lo más curioso de todo es que él ya tenía sintetizados los hechos en su poema llanero armonizado con arpa, cuatro, maracas y un lenguaje común para todos los hispanohablantes. Antes de grabarlo lo declamó en varios espacios a los que fue invitado: Tame Arauca, Festival del Retorno en Acacias, San Martín y en el Festival del Joropo de Villavicencio. Cada vez que lo interpretaba tenía un gran impacto en la gente, la conexión con las personas era inmediata, porque estaba a flor de piel el caos y la indignación popular.

El poema se popularizó aún más gracias a la grabación que hizo con René Devia y sus vaqueros en 1975. Uno de los directivos del estudio de la CBS, Gabriel Muñoz, cuando lo escuchó les dijo: “Este poema debemos grabarlo ya”, como efectivamente lo hicieron con otros temas de su autoría. Pero fue tan fuerte el contenido de la denuncia y la popularidad, que hasta las autoridades que regulaban los medios lo vetaron; en ese entonces el presidente de la República era Alfonso López Michelsen. Ese impase generó una reacción de protesta tanto del público como de algunos medios, porque lo que se estaba difundiendo era fehaciente, no se podía tapar con los dedos de las manos, así que el inconformismo y la presión de las comunidades hicieron levantar la prohibición.

Gracias al poema, Manuel Orozco pudo cabalgar en el sentimiento regional y nacional porque “todo ha sido adverso a la tierra de las garzas, que hoy recibe como pago indiferencia y nostalgia; cuando precisa una ayuda todos le dan la espalda, parece que se gozaran mirándonos en desgracia. ¿Al que tanto se le debe de esta forma se le paga?” Con esta expresión literaria de oralidad e identidad llanera donde se conjugan los relatos, leyendas, fábulas y conjuros se dio a conocer esta altiva voz criolla.

Ante tan exitosa obra poético-narrativa la disquera nunca le reconoció dinero por regalías. En esa época los artistas no se preocupaban por sus derechos de autor, y todavía menos cuando estaban iniciando. Lo que lo conmovía como “cajuche” y hombre llanero era la reacción de muchas personas y medios de comunicación que hacían sonar su obra para perpetuarla en el imaginario nacional, pero sobre todo lo que lo enorgullecía era escuchar su nombre, nacido del anonimato sabanero como: Manuel Orozco “El Clarín del llano grande”, compositor e intérprete del poema Quebrada Blanca.