¿Aguantaría Galán un viaje en TransMilenio oliendo a mierda y orines?
Quienes toman TransMilenio todos los días ya no solo pagan un pasaje de $3.550. También pagan con paciencia, con dignidad y hasta con la resignación de soportar condiciones que ninguna ciudad seria debería normalizar. La tarifa subió este año y la Alcaldía justificó el incremento hablando de sostenibilidad financiera y costos operativos. Pero la pregunta que muchos ciudadanos se hacen es otra: ¿dónde está la sostenibilidad humana del servicio?
Ayer, en una ruta que transitaba por la troncal Caracas, antes de llegar a la estación Nariño, un olor nauseabundo invadió el vagón. No era una exageración ni una molestia pasajera. Era un hedor insoportable a excremento y orines que obligó a muchos pasajeros a taparse la nariz y mirar hacia otro lado. La razón apareció segundos después: un habitante de calle que ocupaba una silla azul se levantó para bajarse del articulado. Su pantalón estaba completamente embarrado de materia fecal y mojado de orines.
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Y aquí es donde surge el debate incómodo que nadie quiere tocar por miedo a ser señalado: ¿hasta cuándo los usuarios del sistema deben soportar situaciones que afectan la salubridad, la seguridad y la convivencia dentro del transporte público?
No se trata de atacar la pobreza ni de deshumanizar a quienes viven en condición de calle. El problema es la ausencia absoluta de control institucional. Bogotá no puede seguir confundiendo solidaridad con permisividad. Una cosa es reconocer que existe una crisis social alrededor de los habitantes de calle y otra muy distinta es abandonar a los ciudadanos que pagan diariamente por movilizarse en condiciones mínas de respeto y salubridad.
Soy usuaria ocasional de TransMilenio y, sinceramente, agradezco no tener que usarlo todos los días. Porque quienes sí lo hacen deben lidiar no solo con malos olores y escenas degradantes, sino también con ladrones, colados, empujones, invasión del espacio personal y estaciones convertidas en tierra de nadie.
Y mientras tanto, ¿qué hace el personal de seguridad? Permanecer junto a los torniquetes. Esa parece ser la única instrucción. Pero todos los usuarios saben perfectamente que los colados ya no entran por ahí. Se meten por las puertas laterales de los vagones ante la mirada impotente —o indiferente— de quienes supuestamente deben controlar el sistema.
La sensación es clara: el ciudadano que sí paga el pasaje es el único al que se le exigen reglas. Porque el colado entra, el ladrón opera y el caos se normaliza. Y quien reclama termina siendo visto como intolerante.
La administración distrital insiste en hablar de cifras, subsidios y cobertura. Pero la verdadera experiencia del usuario está lejos de los discursos oficiales. Está dentro de esos buses repletos donde la gente viaja incómoda, insegura y cansada de sentir que nadie gobierna el sistema.
Por eso la pregunta sigue vigente y cada vez suena más fuerte entre los bogotanos: ¿será que si el alcalde Carlos Fernando Galán o la gerente de TransMilenio tuvieran que usar diariamente este transporte público, las cosas cambiarían? ¿Aguantarían una semana respirando malos olores, viendo colados entrar sin control y viajando entre el miedo al robo y el hacinamiento?
Tal vez el día que quienes toman decisiones se suban realmente a un articulado en hora pico, entiendan que el problema de TransMilenio ya no es solo de movilidad. Es un problema de dignidad ciudadana.
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