Empoderadas, luchadoras y constructoras de paz

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En conmemoración del Día Internacional de la Mujer exaltamos el trabajo que ellas han venido liderando en defensa de sus derechos. El 8 de marzo centramos la mirada en las acciones que han emprendido para forjar un país más igualitario. Un día para exaltar sus luchas y reconocer a las mujeres y niñas que han sido víctimas del conflicto armado en Colombia.

Su lucha por la igualdad de derechos, participación dentro de la sociedad y en su desarrollo integro como persona fue reconocido en 1975 cuando las Naciones Unidas decreto, el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer. Una fecha donde se resalta el trabajo y la lucha de estas emprendedoras a nivel mundial.

Son muchas manifestaciones y antecedentes que marcan la historia de lucha que las involucran. De acuerdo con el Observatorio de Memoria y Conflicto (OMC) del Centro Nacional de Memoria Histórica de Colombia, en el periodo comprendido entre 1958 y 2021 se registran 51.919 mujeres víctimas del conflicto armado, de las cuales 18.048 han muerto como consecuencia de estas acciones.

El OMC también da cuenta de 14.248 víctimas de violencia sexual, 13.273 víctimas de asesinatos selectivos y 9.307 víctimas de desaparición forzada, que aparecen como los hechos victimizantes más reiterados en el marco del conflicto armado interno contra las mujeres.

Además, 6.356 mujeres han sido víctimas de secuestro, 4.632 víctimas de reclutamiento y utilización de niños, niñas y adolescentes; 1.878 han sido asesinadas en medio de masacres, 1.256 han sufrido acciones bélicas, 606 han sido víctimas de minas antipersonal, 149 son víctimas de atentados terroristas, 113 de daños a bienes civiles y 78 de ataques a poblados. Un reporte con una componente significativo ante un flagelo donde se evidencia una afectación directa de las mujeres y una marca de dolor inmenso para el país.

Mujeres que sanan heridas

Las historias de resiliencia de mujeres sobrevivientes al conflicto armado nos muestran su capacidad de transformación y sanación personal y colectivo . Estos testimonios recopilados por el CNMH se realizaron con el ánimo de reconocer, exaltar y demostrar el ejemplo de resiliencia, reconciliación y construcción de paz que vienen liderando las mujeres.

Luz Nancy Castillo Quijano hace parte del Comité Afro Ubuntu, que impulsa un programa de ollas comunitarias en Cali para atender a personas de las comunas más vulnerables en el contexto de la emergencia derivada del covid-19, y también pertenece a la Fundación de Víctimas Vulnerables, Mujeres Afro.

Nancy es una de las mujeres que desarrolla, en conjunto con el Enfoque de Género del CNMH, el proceso La Colcha de la Memoria, que busca dar cuenta de las múltiples violencias que afectan  a las mujeres en el conflicto armado, pero sobre todo de sus historias de resistencia a través de la construcción colectiva de un objeto-relato que vincula la ancestralidad y permite expresar aquellos elementos significativos de su cotidianidad que sirven para representarse a sí mismas y a sus entornos.

Yorely Quiguantar Quatín es hija de padres recuperadores de tierras que continúan en esa lucha por lo suyo desde el resguardo indígena Guachucal, en Nariño. De su pueblo, el pueblo Pasto, ha aprendido a cuidar el campo, los animales, las plantas y a luchar por ella misma.

Es estudiante de antropología de la Universidad de Caldas e integrante del Colectivo ‘¿Qué decís?: Mujeres Pastos Reviviendo la Memoria y la Lucha’, que busca contribuir y apoyar los procesos internos y externos que se llevan a cabo en los resguardos Guachucal y Cumbal. Ella, junto con otras tres integrantes del colectivo, desarrollaron en 2020 la Iniciativa de Memoria Histórica: Mujeres Pastos en la lucha por la recuperación de tierras: resguardos de Guachucal y Cumbal, que fue acompañada por los enfoques Étnico y de Género del CNMH.

El conflicto colombiano, en voz de Yorely, suena a oportunidad. “El conflicto no solo es guerra. Ha significado paz, formar paz consigo mismo y con otras personas”, dice. Y es una oportunidad que se juega a diario en las cocinas, en las huertas, en los sembrados y en cualquier lugar donde haya una mujer haciendo memoria y contando, actuando, siendo consciente de su libertad. Yorely apunta que “legitimar esos derechos también hace parte de uno mismo, eso hace que seamos mujeres”.

Kamila Pérez es una mujer que ha roto estereotipos y que, en su camino, ha tenido que ver a otras mujeres, amigas y hermanas morir por culpa de la transfobia y la homofobia. Es la representante legal de la Asociación LGBTI Chaparral Diversa, una organización que trabaja por la defensa de los derechos la población LGBTI en el sur del Tolima. En su condición de mujer trans, conoce muy bien las luchas de cada 8 de marzo y la necesidad de los procesos de construcción de memoria en un territorio marcado por ideologías de poder, machismo y patriarcado. Un 8 de marzo fue apuñalada por ser transexual y eso lo recordará siempre, así como tampoco olvida nunca la libertad que reclama y que, como mujer, le pertenece.

“Nosotras también somos sujetos de derecho porque somos mujeres —explica Kamila—. No nacer biológicamente femenina no quiere decir que no se puedan construir otros patrones. Es demasiado importante reivindicar los derechos de las mujeres teniendo cuenta la alta tasa de violencia que ha habido, y más que la reivindicación es importante la aplicación de las leyes que ha creado el Gobierno, que de verdad se cumplan”.

Luz Nancy Gómez Ramos ama la naturaleza, estar al aire libre y decir las cosas claras. Nació en Bogotá, pero hace 35 años vive en Guamal, Meta, donde fundó la asociación El Meta con Mirada de Mujer, que se dedica al reconocimiento y la atención para las mujeres víctimas de diversas formas de la violencia basada en el género en una zona especialmente tocada por el conflicto.

“El conflicto armado marcó mi cuerpo, marcó mi vida, pero con mucha resiliencia estamos disfrutando la vida de otra manera”, dice Luz Nancy. Habla en plural, por todas esas mujeres con las que camina a diario. Por esas mujeres trascendentales en la recuperación de la memoria, que tienen a flor de piel sus sentimientos, y que vieron y vivieron la violencia en múltiples formas. “Las mujeres no hemos contado lo que pasó con nosotras, lo que pasó a través de nuestros hijos; lo que pudimos resistir y lo que pudimos evitar. Las mujeres hicimos mucha resistencia y seguimos haciéndola en los territorios, defendiendo la vida”, afirma.

Edilia Mendoza Roa es un referente en el campo colombiano. Nació en el municipio de Los Santos, Santander, y desde muy joven ha participado en procesos de liderazgo comunal, asociaciones campesinas y el movimiento agrario. Hoy es la presidenta nacional de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos Línea Sincelejo. Habla claro, con la sabiduría que da el campo, que no solo ha visto crecer frutos y flores, hortalizas y semillas, sino también el dolor del conflicto social y armado, que ha sembrado durante décadas el terror y la zozobra de un hijo asesinado, un esposo amenazado, un hermano desaparecido, unos padres muertos por la pena.

En esos campos es que las mujeres, con el dolor en las manos, vuelven a sembrar. Allí, con sus recuerdos, se echan a sus hombros gran parte de la reconstrucción de la memoria histórica del país, tejida a raíz de sus luchas y saberes, de su rol como constructoras de paz y de comunidades. “Es muy relevante la voz de las mujeres, su participación en transformaciones de las realidades en el campo”, dice.

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