Sin campo no hay vida, celebremos el Día Internacional de la Lucha Campesina
En un país como Colombia, esta conmemoración no es lejana ni simbólica. Es profundamente cotidiana. Porque mientras en las ciudades corremos entre afanes, hay millones de manos campesinas sembrando el país todos los días.
La vida florece desde el territorio, por eso cada 17 de abril no es un día cualquiera. Es una fecha que brota desde la memoria y la dignidad: el Día Internacional de la Lucha Campesina, nacido en 1996 tras la masacre de 19 trabajadores rurales en Brasil. Desde entonces, el mundo recuerda que la tierra no es solo un recurso: es vida, cultura, alimento y territorio en disputa.
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El campesinado colombiano no solo cultiva alimentos: cultiva futuro. Se estima que más del 70% de los alimentos que consumimos provienen del trabajo campesino, una cifra que revela su papel central en la soberanía alimentaria.
Además, cerca del 23,7% de la población del país vive en zonas rurales, lo que equivale a más de 12 millones de personas que mantienen vivas economías locales, saberes ancestrales y formas de relación con la tierra que resisten al olvido.
Pero su importancia no se mide solo en números. Está en la papa que llega al mercado, en el café que despierta la ciudad, en el maíz que sostiene la tradición. Está también en la defensa del agua, de las semillas nativas y de los territorios frente a modelos que buscan concentrar la tierra y desplazar la vida campesina.
La lucha sigue: tierra, dignidad y derechos
Conmemorar este día también es reconocer las deudas históricas. El campesinado en Colombia ha enfrentado despojo, desigualdad y violencia estructural, además de condiciones precarias en educación, salud, infraestructura y acceso a la tierra.
La lucha campesina no es solo por producir: es por existir con dignidad. Es por el derecho a quedarse en el territorio, a decidir sobre sus semillas, a vivir sin miedo.
¿Cómo mejorar sus condiciones de vida?
Hablar del futuro del campo implica pasar del discurso a la acción. Algunas claves son urgentes:
- Acceso justo a la tierra: redistribución y formalización que enfrente la alta concentración rural.
- Inversión social real: salud, educación y conectividad en zonas rurales, no como promesa sino como derecho.
- Apoyo a la producción campesina: créditos accesibles, mercados locales y protección frente a intermediarios.
- Reconocimiento político y cultural: ver al campesinado como sujeto de derechos, no como sector marginal.
- Impulso a la agroecología: fortalecer modelos sostenibles que cuidan la tierra y garantizan alimentos sanos.
El 17 de abril no es solo una fecha para recordar tragedias: es también un día para celebrar la persistencia. Porque, a pesar de todo, el campesinado sigue sembrando, organizándose, enseñando y resistiendo.
En Bogotá —y en cualquier ciudad— conmemorar este día puede ser tan sencillo y poderoso como elegir productos campesinos, apoyar mercados locales o escuchar las historias que vienen del campo.
Al final, la lucha campesina no es solo de quienes habitan lo rural. Es de todas y todos. Porque sin campo, no hay ciudad. Y sin campesinado, no hay futuro
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