El púlpito y las urnas: cuando la fe no puede convertirse en instrumento de manipulación
«Porque ¿busco ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O me esfuerzo por agradar a los hombres? Si yo todavía estuviera tratando de agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo.» (Gálatas 1:10)
Cada vez que Colombia se acerca a una elección presidencial reaparece una vieja tentación: la de convertir la autoridad espiritual en una herramienta de influencia política. Desde algunos púlpitos se insinúa, se recomienda o incluso se orienta a los creyentes sobre cuál candidato merece su respaldo, como si la fidelidad a Dios pudiera medirse por la preferencia electoral de una congregación.
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El fenómeno merece una reflexión seria tanto desde la teología como desde la sociología. El liderazgo espiritual tiene una enorme capacidad de influencia sobre la conciencia de las personas. Precisamente por ello, esa autoridad debe ejercerse con responsabilidad. La misión de la Iglesia no consiste en fabricar electores obedientes, sino en formar discípulos capaces de discernir, pensar y actuar conforme a principios éticos y espirituales.
El apóstol Pablo, en Gálatas 1:10, plantea una pregunta incómoda para todo líder religioso: ¿a quién se busca agradar realmente? Cuando un pastor, sacerdote o dirigente espiritual utiliza su investidura para conducir políticamente a sus fieles, corre el riesgo de sustituir la voz de la conciencia por la obediencia a una figura humana. El creyente deja de examinar los principios y termina siguiendo consignas.
La Biblia muestra que Dios no llama a sus siervos a convertirse en operadores políticos. Los profetas confrontaron a los gobernantes cuando fue necesario, denunciaron la injusticia, defendieron a los vulnerables y proclamaron la verdad. Sin embargo, su autoridad provenía de la fidelidad a Dios, no de alianzas partidistas.
Desde una perspectiva sociológica, la instrumentalización política de la religión genera un problema adicional. La fe deja de ser un espacio de encuentro espiritual para convertirse en un mecanismo de movilización electoral. Cuando esto ocurre, las diferencias políticas terminan fragmentando comunidades que deberían estar unidas por convicciones trascendentes y no por afinidades partidistas.
La pregunta entonces no es qué candidato debe apoyar un cristiano, sino qué características debería exigir a quien aspire a gobernar. Si el liderazgo espiritual tiene una responsabilidad en tiempos electorales, esta consiste en recordar los valores que deben orientar el juicio moral de los ciudadanos.
La Escritura ofrece varios criterios. Un gobernante debe ser una persona comprometida con la verdad; alguien que entienda la justicia como un deber y no como un discurso; que respete la dignidad humana; que proteja a los más vulnerables; que sea capaz de rendir cuentas por sus actos; que ejerza el poder con humildad y que demuestre coherencia entre sus palabras y sus acciones.
Bajo esos parámetros, los creyentes están llamados a evaluar trayectorias, comportamientos y resultados, no únicamente declaraciones religiosas. La profesión pública de fe puede ser valiosa, pero no reemplaza la integridad, la competencia ni el compromiso con el bien común. La conversión espiritual de una persona puede ser genuina y merecer respeto, pero el ejercicio del liderazgo político exige además evidencia de carácter, prudencia y capacidad de gobierno.
De igual manera, una larga trayectoria en la defensa de derechos humanos o en el servicio a poblaciones vulnerables constituye un elemento relevante para el análisis ciudadano, aunque tampoco debería convertirse en un cheque en blanco. Ninguna hoja de vida exime del escrutinio público ni de la evaluación crítica de sus propuestas.
Por eso resulta preocupante cuando algunos sectores pretenden reducir el discernimiento cristiano a una fórmula simplista: votar por quien utiliza un lenguaje religioso o rechazar a quien no encaja en determinados estereotipos ideológicos. La fe cristiana jamás ha sido una invitación a suspender el pensamiento crítico. Por el contrario, demanda examinarlo todo y retener lo bueno.
La democracia necesita ciudadanos libres. La Iglesia necesita creyentes maduros. Y ambas realidades se ven amenazadas cuando la influencia espiritual se transforma en presión política. El deber de los líderes religiosos no es decirle a la congregación por quién votar. Su deber es formar conciencias capaces de distinguir entre la propaganda y la verdad, entre el interés personal y el bien común, entre la búsqueda del poder y el servicio genuino.
A la luz de Gálatas 1:10, el verdadero siervo de Cristo no está llamado a agradar a los hombres ni a construir maquinarias electorales. Está llamado a anunciar principios eternos. La decisión política, en una sociedad libre, corresponde finalmente a la conciencia de cada ciudadano delante de Dios y de su propia responsabilidad con el futuro de la nación.
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